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martes, 28 de julio de 2009

CRUCIFIXION ETERNA



¿Quién sufrirá, quien estará allí, junto a Cristo, en los días de su nueva agonía?
No nos atrevemos ni a pensar siquiera en ese desierto espiritual donde se alza, cada primavera, la Cruz del Salvador.
La vida, trivial o turbia, de los hombres continua como un río frío e invisible.
Jesús recibirá, aun, los azotes y las espinas. Caerá al suelo la Cruz y aplastara su cuerpo; le
clavaran, a martillazos tremendos, sobre el duro leño. "Han traspasado mis manos y mis pies y hancontado todos mis huesos".
¿Que sabrá el mundo de todo esto?
Su sangre correrá lentamente sobre el cuerpo lívido. Sus ojos buscaran, a un tiempo, a su Padre y a nuestras almas...
Esas almas nuestras, ¿qué habrán comprendido de esta tragedia?
Ni se extrañaran ni lloraran.
Tal vez, ni pensaran siquiera.
Ni se darán, quizás, por enteradas.
Cristo muere solo, completamente solo.
Las almas duermen o son estériles y, precisamente, mientras Su Cuerpo cuelga ante el cielo y la
tierra, dolorido, para poder librarlas de la torpeza y de la muerte.
La angustia de Su Corazón lanza, en vano, gritos de desesperación que deberían sobrecoger al
mundo, y dejar a los hombres sin aliento.
El mundo perece porque su espíritu se ahoga.
El mundo tiene necesidad de esperanza, de caridad, de justicia, de humildad, para recobrar un poco de aliento.
La vida espiritual, que es como la respiración del alma de los hombres, la hemos recibido y la
guardamos en deposito.
Somos sus portadores; y nuestras manos están lacias, y nuestros ojos secos, y nuestros labios no
saben temblar de fervor y de emoción...
La fe solo vale lo que es capaz de conquistar; el amor, mientras arde; y la caridad, en tanto que salva...


LEON DEGRELLE: "ALMAS ARDIENDO"

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