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jueves, 30 de julio de 2009

ABUSADORES

POR HUGO ESTEVA

Abusadores del término “democracia”, son –como no se cansa de decir una lúcida profesora universitaria- todos socios. Porque viven de esa ficción en la que no creen. Después de veinticinco años de abuso, no pueden engañar a nadie: han violentado todas las normas o han sido cómplices silenciosos de las violaciones.
Siempre tienen un pretexto, que habitualmente intentan confundir con la prudencia. La misma falsa prudencia –de hecho cobardía o sumisión ante los cucos internacionales- que empujó a hacer “justicia por izquierda” en tiempo de los militares del Proceso. Siempre apoyando la continuidad que mantiene postergado al país y cada vez más esclavizado a su pueblo. Oficialistas y opositores, rodeados por una corte de periodistas habitualmente cómplices, protagonizan el mismo baile de distracción colectiva.
Me detengo inicialmente en el partido gobernante y sus variaciones para mostrar cómo se ha desnaturalizado a partir de su origen. Todos los dirigentes justicialistas se llenan hoy la boca de democracia, cuando a los peronistas se les importó toda la vida un pito de las formas liberales. Quisieron “soberanía política, independencia económica y justicia social”, fuera como fuere, desde las urnas o desde la resistencia, desde el federalismo o desde la trenza sindical. Pero nunca la democracia fue un término que manejara el peronismo, ni para adentro ni para afuera del Movimiento.
Paradójicamente, con las salvedades y las miserias que cabrían en un juicio completo de valor, el peronismo representó entonces de verdad a la mayoría del pueblo argentino. Y supo conducirlo aún con vientos desfavorables, como cuando apoyó al gobierno militar en la época de Onganía, o como cuando decidió oponerse en el momento de la traición de Lanusse. Ese pueblo y los dirigentes no aliados al sistema de dominación demostraron una y otra vez que estaban tan lejos del marxismo como del liberalismo, aunque debieran sufrir la traición regiminosa de personajes como Luder o Cafiero.
Quienes todavía conservamos la memoria sabemos con claridad que la dialéctica de la democracia fue introducida en el peronismo por los Montoneros, sus promotores y sus comentaristas, aunque esto no implique que le otorgaran legitimidad republicana alguna. A diferencia del peronismo histórico, el “discurso monto” empezó a parecerse al lenguaje que hasta entonces conocíamos como “bolche” por el uso y abuso de la palabra democracia, entre otras. Y hasta día de hoy, cuando esos mismos montoneros quieren blanquear su actividad asesina, lo hacen en nombre de la diosa liberal. Por eso, hoy como ayer, cuando uno oye a un supuesto peronista llenarse la boca de democracia hace de inmediato el diagnóstico de zurdo infiltrado. Queda claro que de peronista sólo usa el disfraz.
¿O acaso Perón no echó a los montoneros de la Plaza? ¿O acaso hay alguien en ese conjunto de resentidos que no recuerde con indeleble rencor cómo, después de haberlos usado para hacer el ruido previo a su regreso, “el Viejo” les soltó una mano que dejó también en el aire al “tío” Cámpora? Fue entonces cuando los arrojados del paraíso empezaron a rumiar su revancha llamando a la “democracia sindical” contra la “burocracia”, como a una más de sus estrategias demoledoras.
Montoneros: “demócratas” originalmente entrenados en Cuba, serviles a los planes de una de las potencias hegemónicas de su tiempo, innegablemente próximos a los servicios de informaciones locales y extranjeros… Cuando los oiga hablar de “democracia”, dispare. Porque, uniformados hoy tras una Presidente insensata que se parece cada vez más a Michael Jackson por vía quirúrgica (ver fotos de La Nación del 25/VII/09, pág. 8), son los que –poniendo énfasis en la mentira tiránica del mamarracho hondureño- traman una salida golpista para sacar a los Kirchner del bochorno de su fracaso. El fracaso de estos montoneros de la retaguardia, que han hecho del país un caos mucho más injusto social y económicamente del que decían combatir en los setenta.
Por su lado, la oposición también es “democrática”. Pero coincide culposamente con el oficialismo en evitar toda reforma que pueda conducirnos a una república verdadera. No es de ahora, porque desde antiguo radicales, liberales o socialistas se bajaron del caballo democrático cada vez que les vino bien, con o sin gobiernos militares de por medio. Lo cierto es que siempre lograron que la Argentina no estuviera gobernada por argentinos y que el país fuera progresivamente más centralista, como mejor modo de hacerlo sumiso a los grandes poderes. A la vergüenza de aprovecharse de la derrota de la patria en Malvinas, sumaron la del Pacto de Olivos y la de la Reforma Constitucional. Pero además, concretamente hoy, dejan pasar la oportunidad de cualquier cambio verdadero a las reglas del Régimen. Porque no se les ocurre una sola idea, porque a tal punto son parte de la culpable mediocridad que cierra las salidas de la patria que ni siquiera importan sus agachadas personales.
Unos y otros “democráticos” son testigos mudos de una decadencia que enerva. Por lo injusta y por lo hipócrita. Resultan irremediablemente cómplices de una degradación que anestesia al pueblo a través de la caída de quienes hubieran debido ser sus dirigentes. Viven de eso.

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