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miércoles, 31 de marzo de 2010

LEON DEGRELLE ¡PRESENTE!

EL 31 DE MARZO DE 1994 ENTREGABA SU ALMA A DIOS EL GRAN COMBATIENTE DE LA LIBERTAD DE LOS PUEBLOS DE OCCIDENTE: LEÓN DEGRELLE.
LOS LIBERALES Y COMUNISTAS NO PUEDEN OFRECER A LAS NUEVAS JUVENTUDES UN MODELO DE LA MAGNITUD DE QUIEN FUERA LÍDER DEL REXISMO.
SÓLO LOS NACIONALISMOS SOCIAL Y REVOLUCIONARIOS PUDIERON REGISTRAR EN LA HISTORIA DEL SIGLO PASADO HÉROES COMO LEÓN DEGRELLE.

CAMARADA LEÓN, PESE A LAS MENTIRAS SISTÉMICAS Y LA COBARDIA DE MUCHOS DE LOS CONSIDERADOS “BUENOS” NOSOTROS SIEMPRE TE TENEMOS PRESENTE, LEVANTANDO ORGULLOSOS LOS ESTANDARTE DE HONOR, CORAJE Y ALEGRÍA QUE SUPISTE LEGAR A LA JUVENTUD PURA Y ARDIENTE.
LEÓN ¡DESCANSA EN PAZ!

¡VOLVERÁN BANDERAS
VICTORIOSAS!



El honor ha perdido su sentido, el honor del juramento, el honor de servir, el honor de morir. Los que permanecen fieles a estos viejos ritos hacen sonreír a los demás. La virtud ha olvidado su dulce murmullo de manantial.

El denso aire cargado de todas las abdicaciones del espíritu.

Si amor, sin fe, el mundo se está asesinando a si mismo.

La enfermedad no está en el cuerpo. El cuerpo está enfermo porque lo está el alma. Es el alma la que tiene que curarse y purificarse.

La salvación del mundo está en la voluntad de las almas que tiene fe.

Por eso, España mística, España de santa Teresa y de San Juan de la Cruz, de San Francisco Javier, de San Ignacio, por eso, creo yo en tu misión, en una misión junto a la cual tus pasajeras desgracias nada son; misión privilegiada entre todas: la de derramar en las almas en agonía la sangre de tu alma ardiente.

La vida solo vale algo si en el instante de entregarla no tenemos que sonrojarnos de ella.

El ideal hay que construirlo dentro mismo de nuestro vivir.

El ideal vivirá en la medida en que nosotros nos entreguemos a el hasta morir.

La madre ahora y siempre dará al corazón de sus hijos lo que es alma y carne de ella. El alma de sus hijos solo será lo que ha sido el alma de ella.

La madre no podría soportar la mirada de su hijo si no fuera tan clara como la suya.

A medida que avanzamos entre sonrisas hipócritas, entre miradas llenas de codicia o de deshonestidad, entre menos interesadas, más nos decepciona la mediocridad de la existencia.

El paraíso desciende al corazón de los niños cuando lo lleva en su alma la madre…

No hay, en verdad, ningún corazón que no este manchado de villanías, de cálculos sórdidos, de faltas inconfesables, de todo eso que deja en la mirada resplandores equívocos.

Incluso los corazones purificados, de vuelta de las aguas turbias, conservan, para siempre, un regusto amargo de imperfección y de cenizas.

Cuanto más avanzamos por la vida, más se ahondan en nuestro corazón las huellas del dolor, imperceptibles para los que no nos conocían, pero desgarradoras porque están hechas de cosas delicadas que se deshicieron, como seda sutil de un tejido que se desgarra.

La bajeza esta en el pensamiento antes que el barro lo advierta.

La virtud no es revelación repentina si no una conquista lenta, dura y difícil.

A cada uno de nosotros nos ha sido dada una voluntad para servirnos de ella.

El espíritu antes que el cuerpo es el que gana o el que capitula.

Somos hay que recordarlo, nuestros dueños.

Son muchos los hombres viles, pero junto a ellos, junto a esos cuya bajeza es una blasfemia de vida, existen otros: todos aquellos, los que vemos y los que no vemos, que no son así y que, por no serlo, salvan al mundo y al honor de vivir.

Feliz es aquel que no es esclavo del azar y que sabe gozar del placer de fuera y, también, renunciar a él.

Mientras suframos por estas privaciones, mientras suframos comparando nuestra suerte material con la de los demás, no seremos ni felices ni libres.

No ser feliz es dudar de nuestro cuerpo, del calor de nuestra sangre, del fuego devorador del corazón, de la claridad del espíritu que inunda nuestro ser.

L a desgracia misma nos trae la alegría dolorosa del alma que se entrega sangrando, que sopesa su sacrificio y desmenuza y analiza su amargura.

¡Alegría cruel, pero alegría de jerarquía excelsa, de la que solo es capaz el hombre que, con el corazón desgarrado, todo lo comprende!

El hombre se siente en ese momento superior a todo, dueño de este universo monstruoso y desmesurado en el que, son los cerebros, no más grandes que una fruta o que un pájaro, los que imponen el orden y la armonía.

El aburrimiento es la enfermedad de las almas y de los cerebros vacíos.

La paciencia es la primera victoria, la victoria sobre si mismo, la victoria sobre nuestra susceptibilidad.

Mientras que no la adquiramos, la vida no es sino un torrente de capitulaciones.

Capitulaciones, sin duda, estrepitosa, disfrazadas por gritos de falsa autoridad, que solo representan, en verdad, la abdicación ante el orgullo.

Tener paciencia es saber guardar nuestra hora con el dedo crispado sobre el gatillo, alerta, como vigilándola presa.

Tener paciencia es construir cada acto de cada día con orden y equilibrio, que son el andamiaje que sostiene la vida en pie.

La paciencia nos da la alegría de saber mantenernos sin ceder.

La impaciencia deja en el corazón el reproche de haberse dejado llevar por el impulso y de haber creado, en torno nuestro, una vacua y nefasta agitación.

Obedecer es un deber, pues el bien común depende de la conjunción disciplinada de todas las energías.

La sociedad humana (…) es un gran complejo sensible, que la anarquía convierte en estéril o peligroso, mientras que el orden y la armonía dan posibilidades ilimitadas.

La obediencia es la forma más elevada del uso de la libertad.

Es una manifestación constante de autoridad: autoridad sobre si mismo que es la más difícil de todas.

La compañía, en el fondo, solo es agitación, ruido, perturbación en torno a la propia soledad.

Buscar sin cesar lo que llamamos animación es miedo a encontrarse frente a s mismo. ¿Cómo hemos podido confundir la alegría con la inmersión permanente en la baraúnda tumultuosa?

¿Por qué nos sumergimos en los demás para ser felices?

La soledad es para el alma la magnifica ocasión de conocerse, de vigilarse, de formarse a si misma.

Solo los cerebros vacíos, o los corazones inconstantes, tiene miedo de quedar en silencio frente a si mismos.

Los sentimientos elevados pueden vivir solos, sin presencia física: más aun, el aislamiento los purifica y los engrandece.

Es duro, si, tener la energía suficiente para dilatar nuestros campos secretos ¡para amar intensamente, es decir, para darse en el silencio!

Mientras no nos desprendamos, un día, de todo lo externo y no seamos capaces de vivir solos, es decir, en compañía de lo más real lo que nada turba, no pisaremos el umbral de la felicidad.

En lugar de quejarnos de la soledad, bendigámosla, aprovechemos la posibilidad inesperada que nos da para examinarnos en silencio, para dominarnos lucidamente y totalmente, hasta en nuestros mas contradictorios pensamientos.

La grandeza verdadera esta en la nobleza del alma, que se da y se gasta, anhelante de darse, en cada uno de nuestros deberes, sobre todo en los que están limpios de vanidad.

¡Cuánta gente, colmada de todo, se queja de continuo, lo encuentra todo mal y no acierta a gozar nunca de nada!

Debemos mirar siempre hacia los que tienen menos que nosotros y contentarnos, y gozar de lo que poseemos sin alimentar nuestro espíritu de quimeras.

La vida es siempre bella si sabemos mirarla con ojos apacibles, con luz de un alma en paz.

No hay mas remedio que alimentar el espíritu, para no dejarse caer en el embrutecimiento, en la suciedad, en la mediocridad.

Hay una cultura, un equilibrio del espíritu, una madurez cálida del pensamiento que solo pueden ser el resultado de la larga disciplina, de las facultades superiores, aplicadas, con fervor y con método, al estudio de la obra desnuda de la humana inteligencia.

Solo el estudio desinteresado de las civilizaciones antiguas, que son manantial de las ideas y de los sistemas; el estudio de la filosofía; el estudio de las matemáticas y el estudio comparado de la historia, solo ellos pueden darnos la plena armonía del espíritu.

Amamos (…) nuestra miseria, porque nos eleva y nos prepara para los altos destinos que reclaman corazones fuertes y puros.

*Fragmentos del grandioso libro "Almas ardiendo" del gran soldado de Occidente, León Degrelle



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