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lunes, 3 de agosto de 2009

PADRE JULIO


1.- Al celebrar este solemne funeral en sufragio del alma del Padre Meinvielle, queremos ante todo agradecer a los que han invitado en esta oportunidad, recordando a los que lo hicieron hace 10 años con el mismo propósito, muchos de ellos muertos lo mismo que l Padre en la paz del Señor. Recordemos también que durante estas dos décadas siempre se lo ha recordado a este querido Padre, maestro y amigo entrañable rezando por él la Santa Misa, y que un tiempo funcionó una “Comisión de Homenaje”, por cierto nunca de suyo extinguida, que supo organizar conferencias relacionadas con la personalidad sacerdotal y la doctrina del Padre Meinvielle. A todos, agradecidos, los tendremos muy presentes en el Memento de los Vivos y los Muertos de este Santo Sacrificio.
2.- Dice la liturgia de los Difuntos que “los que mueren en el Señor son bienaventurados y descansan ahora de sus trabajos, y que sus obras los acompañan eternamente” (Apoc. 14, 15). Es manifiesto que se trata de las obras acreedoras de la Vida Eterna: las que Nuestro Señor nos permitió libremente hacer ayudados de su gracia y cuya misericordia corona con el premio que no se pierde, ni marchita, y que es Él mismo. Valga esta consideración para recordar, evaluar y ponderar la obra ingente del Padre Meinvielle durante los casi 69 años de su vida aquí en la tierra.
Todos en su medida lo recuerdan y valorizan, algunos –muchos- con un sentido y cabal agradecimiento. Y ahora no se trata de enumerarla ni siquiera sucintamente. No hay faltado ni faltarán oportunidades de hacerlo y reiterarlo. Es amplia y profunda, es inagotable y perenne, es fecunda como la vida sana, limpia, verdadera, buena y hermosa, toda transida e iluminada de Dios, de su Madre Santísima, de su Iglesia y de su Patria, a quienes sirvió con fidelidad infatigable, con amor desinteresado y con alegría rebosante de humilde magnanimidad.
Por eso cada uno de los presentes y de tantos otros presentes espiritualmente tiene su recuerdo, su imagen del Padre Meinvielle. Muchos de los aquí reunidos, por ejemplo, con un conocimiento más amplio y más sabroso –diríamos- que el mío. Guardémoslo y revivámoslo en el corazón.
Me permito, entre tantos recuerdos y personas que constelan esta alma sacerdotal –que rogamos que Dios traiga felicísima consigo –memorar los de aquellos sacerdotes que tanto le han debido y le siguen debiendo, sobre todo los ya fallecidos, entre los que menciono a ese sacerdote de la Patria, el Padre Alberto Ezcurra, que hace poco entregó su alma a nuestro Creador.
3.- Al decir estas cosas creemos que este homenaje religioso por excelencia al celebrar la Santa Misa, razón esencial de todo sacerdote –al decir de S. Tomás de Aquino – es el corto pago de una gran deuda. Corto pago que ha de agradarle mucho al Padre Meinvielle, que ha de empeñarse para pedirnos, cara a Dios, las mejores bendiciones divinas para nuestras personas y, por ende, para nuestra Santa Iglesia Católica y nuestra querida Patria, pues todos somos argentinos católicos como lo ha sido él.
4.- Pensamos, sin embargo, que es oportuno señalar: 1º) que el Padre Meinvielle fue un teólogo, un teólogo dogmático tras las huellas de su maestro Santo Tomás, cuya luz lo inducía a elucidar con el razonamiento filosófico –que en este menester debe tener los mejores quilates metafísicos – la Verdad Revelada, con la plena conciencia de que jamás se la supera, pues sobrepuja cualquier inteligencia creada, y que, por lo tanto, debe exponerla con la fidelidad más plena, agradecimiento y amor. Esta fue al Verdad Fontal que buscó, asimiló, amó y brindó a raudales el Padre Meinvielle. Enseñó lo que recibió, desde la fe su bautismo, y gracias al esfuerzo sostenido del estudio arduo se hizo, con el tiempo, sabiduría en su persona. “Bienvenido el hombre que encuentra la sabiduría, y la tiene en abundancia y la hace correr con prudencia” (Proverbio de Salomón 3, 12). Por eso fue defensor de esta verdad de Dios frente al mero asomo de su tergiversación. “No se innove nada fuera de lo que es de tradición“ (Nihil innovatur nisi quod traditum est)”, como le escribiera en el año 254 el Papa y Mártir S. Esteban I a S. Cipriano, según lo enseña la lección del Breviario de este día.
Pero la pasión de esta Verdad, la sabiduría buscada y encontrada, por ser cabal y sin falacias, estuvo maridada con temor de Dios. Dice S. Ambrosio comentando los Proverbios de Salomón, que “el mismo temor de Dios si no es conforme a la sabiduría no sirve para nada, incluso es un fortísimo obstáculo” (Ipse timor Domini, nisi secundum scientiam sit, nihil prodest, immo obest plurium”.
¿Podemos decir –sin abundar más en esto- que el Padre Meinvielle fue en este siglo el teólogo mayor de Hispanoamérica? Así como quizá pueda ser considerado el Padre Luis Billot el teólogo más grande de este siglo –teólogo dogmático, aclaremos- de la teología católica, así podemos aventurar la afirmación respecto del Padre Meinvielle como el teólogo más grande de la Cristiandad, hoy tan menguada y eclipsada, tan en decadencia: Cristiandad que él esperaba ver reverdecida, pero Dios lo arrebató a su gloria para que desde allí, si es conforme a los planes de la Providencia, ruegue para que sea pronta realidad.
2º) Sin desmentirnos, no podemos soslayar, junto a la tarea ciclópea del Padre Meinvielle en la siembra y en al prédica fecunda de la cultura católica –ahí están sus casi 30 libros y otros escritos, sus revistas inmortales, sus conferencias, su participación en congresos dentro y fuera d e la Patria-, su obra material y espiritual como sacerdote con cura de almas, como párroco, hecho todo para todos, con una llaneza ejemplar que nos asombra y conmueve, edificando espiritualmente “los templos vivientes de Nuestro Señor que fueron sus feligreses y tantos otros” –al decir del arzobispo de Buenos Aires de esa época-, con la talla de un Pedro de Creon, o su querido “Club” inolvidable, el Ateneo Popular de Versailles. Y tantas obras en beneficio de los jóvenes y las familias cristianas de su parroquia y otros lugares. Con instituciones desde las Conferencias Vicentinas, los Scouts Católicos, la Acción Católica, la Juventud Obrera Católica, cuyo fundador también fue
Sí: dijimos que no era ésta la oportunidad de reseñar todo lo hecho por este sacerdote que cumplió a la letra lo del salmo: Sale el hombre a sus labores y a su labranza hasta llegar la tarde (Homo exit ad opus suum, et ad laborem suum usque ad vesperum). Por cierto con el aderezo de tantas anécdotas tan propias de su singularísima personalidad. No sólo en su Versailles parroquial, sino también cuando era capellán de la Santa Casa de Ejercicios donde lo conocimos y con él convivimos, día a día, durante más de 4 años, sus últimos años.
3º) Esta imagen del Padre Meinvielle, que pidió y se le dio la sabiduría del conocer y el hacer de un hombre de Dios-, que apreció por sobre todas las cosas, que “aprendió sin ficción y comunicó sin envidia y no ocultó su honestidad y belleza” (Prov. ., 7, 7-14), que al saber “mirar la verdad de hito en hito con los ojos de la esperanza, esa verdad hija de Dios, reinad el mundo y señora de la tierra” (J. Donoso Cortés), le permitió escudriñar esta historia profana de nuestros días subordinada a la historia sacra y al servicio de los itinerarios salvíficos de la divina Providencia, esta imagen –repetimos- pensamos que tiene una cifra. Por un lado, que “aquel que no tiene caridad para con otro –al decir de S. Gregorio Magno- no puede ejercer el oficio de la predicación”, cualquiera sea su índole y manera; es una enseñanza tácita del Evangelio. Por otro lado, la conciencia de que la lucha no es sólo un deber y un derecho, sino –en un vuelo más alto, más entrañable en las entrañas de Dios- una gracia. Tener conciencia de que luchar es una gracia, es ser un privilegiado de primer orden. Esto es muy profundo. Más que un sentimiento –que también lo es, y Dios, a veces, lo deja sentir hasta las lágrimas- es el efecto, el fruto de una convicción, fuerte y dulce a la vez, que brota del más hondo suelo del alma y, por ende, de una caridad singularísima para con Dios, para con el prójimo, para con la Iglesia, para con la Patria, para consigo mismo amando en sí cada uno lo que el buen Dios hace en nosotros con su gracia. Y no por cierto, tantas veces, sin agraces y acerbos sinsabores.
4º) Corto pago de una gran deuda, Padre Meinvielle, por su cabalidad de esta gracia de la lucha. En Ud. se ha cumplido meridianamente lo que Nuestro Señor Jesucristo dice a cada servidor fiel: “Ea! Siervo bueno y fiel porque fuiste fiel en pocas cosas, te encumbraré sobre muchas: entra el gozo de tu Señor” (Mateo, 25, 23). Y el Padre Meinvielle sabemos que fue fiel hasta la muerte en muchas cosas.
Y le llegó la tarde (salmo 103). Murió un 2 de agosto, fiesta de S. Alfonso María de Ligorio. ¡Qué coincidencia! Como él nunca perdió el tiempo rindiendo sus 5 talentos al ciento por uno, como él nunca dejó de enseñar y escribir, como él amó a los pobres con pobreza real material y espiritual, como él fue todo para todos, como él amó entrañablemente a la Madre de Dios, que esta benditísima Madre lo haya bendecido con creces y, por su intermedio, nos bendiga a todos, a nuestra Iglesia, a la Patria
Esa mañana del 2 de agosto de 1973, antes de ir a celebrar la Santa Misa en la Parroquia de la Concepción (Independencia y Tacuarí), visité por última vez al Padre Meinvielle, postrado en el lecho de sus últimas horas en el sanatorio San José, y le dije que ya que iba a morir en paz, yo le pediría a la Santísima Virgen que muriera con alegría. Me acercó su cabeza, y lo besé en la frente.
Continuemos lo mejor que estamos haciendo por él: la Santa Misa, para que la misericordia divina le conceda “la luz verdadera, la saciedad plena, el gozo sempiterno, el placer consumado y la felicidad perfecta”. (Misal Romano: Acción de gracias después de la Misa. Oración de S. Tomás de Aquino). ¡Ave María Purísima!
Sermón del RP. Raul Sanchez Abelenda

RED PATRIOTICA ARGENTINA

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