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martes, 19 de mayo de 2009

CARTA DE MARIA LILIA GENTA

Buenos Aires, 17 de mayo de 2009

A los responsables del programa dominical “La Santa Misa” que se transmite por Canal 7 e incluye, además de la Misa, el Angelus del Papa y mensajes pastorales

Me parecen loables todos los esfuerzos que se hagan para evitar que se despenalice el consumo de drogas y se persiga, en serio, el narcotráfico.

Lo que no entiendo es que el mensaje -de parte de la Iglesia, algunos de cuyos sacerdotes de la Arquidiócesis de Buenos Aires han tenido, al respecto, una resonante intervención mediática- sea meramente sociológico y se dirija a una sola franja de la sociedad argentina estimulando cierto “clasismo”. Cual si la drogadicción infantoadolescente fuera tan sólo un problema “villero”. Tampoco entiendo que los curas, que se ocupan de tan loable tarea, se despojen, para ello, de la vestimenta de uso común entre los clérigos y se disfracen con equipos deportivos (mucho más caros que las modestas camisas con alzacuello) asumiendo, así, un “look” setentista, un tanto fuera de moda. De alguno de los curas villeros conozco el origen social y la formación católica tradicional de sus padres lo cual aumenta mi sorpresa.
En los avisos pastorales del programa que comento, las imágenes, no ya de los santos, ¡vade retro!, sino de quienes, en nuestro tiempo, de verdad se dedican a los pobres, sin cargas ideológicas ni modas teológicas, están por completo ausentes. Presente, sí, en cambio, la del Padre Carlos Mugica. Pero, a decir verdad, lo que suele omitirse en la biografía de este cura aristócrata (¿más o menos que el “Che”?), que nunca abandonó su departamento de Recoleta, es que al final de su vida se arrepintió (o, al menos se alarmó) de su compromiso tercermundista y montonero. Poco antes de su trágica muerte, acudió a la Casa de Ejercicios, a conversar con su antiguo maestro, el P. Julio Meinvielle.

No sabemos el contenido de esa conversación. Lo único que trascendió fueron las palabras que pronunció al entrar y que escucharon algunos amigos que estaban visitando a Meinvielle, testigos directos que nos narraron el hecho.

“Padre Julio -dijo más o menos, Mugica- escúcheme; sé que voy a morir y no quiero morir fuera de la Iglesia”. Los testigos de esta escena coinciden en que el tono de Mugica expresaba una gran angustia. Después, se retiraron él y Meinvielle a otra habitación y hablaron a solas.

Nunca supimos, por supuesto, el contenido de ese diálogo. Poco después, Mugica fue asesinado. Haya sido la “Triple A” o “Montoneros”, se igual: murió víctima de la eterna interna peronista.
Pero volviendo al asunto de la droga, creo que el mensaje de la Iglesia no debiera estar tan sesgado sino, más bien, dirigirse a todas las clases sociales añadiendo, desde luego, la dimensión religiosa del problema que no es cosa de poca monta.
Resulta, al menos curioso, que un canal como C5N haya denunciado, hace poco, este flagelo que es la droga, mostrando chicos de escuelas privadas (¿rubios de ojos celestes?) y de escuelas públicas (¡de nivel primario!) drogándose, filmándose entre ellos y “subiendo” a Internet la escena.

Un llamado de atención -laico- para padres y educadores de todas las clases sociales, no sólo “villeras”, desprovisto de ideologías. Este mensaje, dicho sea de paso, les viene muy bien no sólo a los padres y educadores permisivos, hijos de la educación del “prohibido prohibir”, sino, también, y sobre todo, sería bueno que estudiaran y observaran este tema los padres y educadores católicos que, quizás, tengan inclinación a creer que los buenos ejemplos hogareños y los excelentes contenidos educativos sean antídotos suficientes para preservar a hijos y educandos de todo mal.

A veces parece que olvidamos que todos nacemos con pecado original y que cualquiera, llevado por la curiosidad y el ambiente social negativo, puede internarse por caminos difíciles de desandar. Nunca pensemos, como decía Castellani, que “nosotros somos los buenos, nosotros ni más ni menos, los otros son unos potros comparados con nosotros”.

Personalmente, agradezco a mis padres y a quienes me educaron, que no me hayan hecho nunca creer que nací sin pecado original. Tampoco fueron negativos ni pesimistas: simplemente me educaron y tuvieron esperanza en que triunfara en mí el bien. ¿Habré correspondido a sus esperanzas?
Para terminar: quisiera escuchar a los prelados y a los sacerdotes hablar desde la Fe y no desde la sociología. Como lo hace, por ejemplo, desde su programa televisivo, el Arzobispo platense, Monseñor Aguer.


María Lilia Genta

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