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martes, 20 de diciembre de 2011

MOYANO-CRISTINA: LA SANGRE NO LLEGA AL RIO



(especial para sindicalistas)

Por Alberto Buela

Cualquier persona medianamente informada sobre el sindicalismo argentino sabe que la captación de la oportunidad, de la ocasión, del momento propicio es un rasgo distintivo de los sindicalistas argentinos, al menos de aquellos sesenta o setenta secretarios generales de gremios que hacen política. Mientras que los dos mil novecientos restantes, como mi primo Agustín Huarte que corría en fórmula 4 con un Auto Unión, sólo adornan la fiesta.

Esta capacidad innata de captación del momento propicio desde siempre ha sido vista muy mal por el  liberalismo, el radicalismo y el socialismo, quienes bajo el empaque de “científicos y serios”, ven en ello: un oportunismo sin límites morales de ningún tipo.

El otro rasgo distintivo del sindicalista a cargo de una organización es la virtud “del cuidado”. La vieja epimeléia griega, se reencarnó en estas tierras pampeanas en la figura de los secretarios generales de gremios, pues si algo tienen en común todos es “el cuidado de la quinta”. Ya sea, visitando asiduamente su lugar de trabajo, origen de su representatividad, sea en el respeto a la ley de bronce de todo sindicalista: no negociar jamás con la patronal el salario. Negociar en el sentido de “ir a menos en el reclamo”.

Si tenemos como guía estas dos pautas definitivas y definitorias de lo que es un dirigente sindical que hace política, Moyano actuó coherente y concientemente como tal en los dos puntos comentados:

a) La ocasión fue oportuna: 1) el gobierno avanza sobre los fondos del los trabajadores rurales (150 millones de pesos anuales), que quiere estatizar. 2) el gobierno está desfinanciando las obras sociales sindicales, pues les debe entre 12 a 15 mil millones de pesos, para, probablemente, privatizar. 3) el gobierno avanzó de manera desmedida en la quita de representación política del sindicalismo, solo tres diputados, que en realidad ya son dos (Recalde ya mostró la hilacha con el tema de Uatre).

b) la virtud del cuidado: 1) el salario no se negocia y entonces reclamó contra el descuento del salario debido a la baja imputación del impuesto a las ganancias, o sea, en contra del salario diferido. 2) defendió el salario defendiendo el subsidio de los servicios a los trabajadores y no a los casinos. 3) defendió, indirectamente, el salario pidiendo la quita del impuesto al cheque de las obras sociales y que se le cobre a las financieras.

Políticamente hizo dos afirmaciones terminantes: a) el mejor gobierno fue el de Perón y b) el 50% de los votos de Cristina los pusieron los trabajadores.

Así las cosas, cualquier desprevenido podría pensar que se han quebrado las relaciones amistosas y políticas entre el gobierno y la CGT. Pero, en nuestra interpretación eso no es así. Y ello por tres motivos: 1) el chico de Moyano, uno de los dos diputados sindicalistas, salió inmediatamente a decir que: “yo soy diputado de Cristina Kirchner y defiendo este modelo. Mi padre quiere dialogar y no está contra este modelo”. 2) Del núcleo duro que rodea a Moyano (Piumato, Smith, Plaini y Viviani) al menos hay dos que están convencidos que el gobierno de los KK ha sido superior al de Perón. 3) La reacción del gobierno ha sido minimizar los dichos de Moyano.
El peronismo histórico que inmediatamente se entusiasmó con lo afirmado en la cancha  del glorioso Globo de Parque Patricios, dicho sea de paso el primer Grande de la historia del fútbol argentino, tendría que morigerar sus expectativas optimistas y no confundir las apariencias con la realidad. Y recordar que el método sindical ya lo estableció Augusto Timoteo Vandor, de una vez y para siempre: golpear para negociar.
Las afirmaciones político-sindicales de Moyano: contundentes, verdaderas, incontrovertibles, dolorosas,  para ser eficaces tendrían que tener un cuerpo de cuadros sindicales que las llevaran adelante, que buscaran su aplicación, pero allí, en este segundo momento, nos encontramos con que el sindicalismo argentino no tiene cuadros políticos. Como bien observó en la última Peña de la Imprenta , el buen sociólogo Alberto Donato, “el sindicalismo es una elite que no tiene cuadros porque no los formó” y entonces solo surgió en estos últimos veinte años “la agrupación hijos… de sindicalistas”. Recuerdo con cierta nostalgia que hace muchos años me tocó vivir algo parecido cuando le exigía al querido Osvaldo Borda, secretario de obreros del caucho, realizar cursos de capacitación, y me espetó: no avivés giles que después se te hacen contra. Hablá con gomi”. 
No todo fue así, pues por la época, don Enrique Ferradás Campos, secretario de televisión, se esforzaba por formar cuadros político-sindicales.
El primer miembro de esta benemérita agrupación “hijos de sindicalistas” fue Jorge Triacca, del sindicato de plásticos, quien sucedió a su padre. Y esto se ha repetido hasta el cansancio en estos últimos veinte años.
De modo tal, opinamos que nihil novo sub sole (nada nuevo bajo el sol), que la sangre no llegará al río porque no le conviene al gobierno y el sindicalismo argentino no está en condiciones de enfrentarlo: Sea por falta de convicciones profundas y unificadas del grupo duro de la conducción (como vimos). Sea por falta de cuadros político-sindicales preparados para ello (como mostramos).
Sigue vigente el principio fundamental que rige la historia argentina desde el: sangre no de San Martín. El mundo de la apariencia es superior al mundo de la realidad y este parece ser nuestro triste destino.  “ Pobre mona mía, dijo el cura Castellani, ¡Qué argentina al sur ni argentina al norte, a mi lo que me gusta es bailar con corte!. 

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