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martes, 20 de marzo de 2012

LOS EQUIVOCOS DEL NACIONALISMO

Reproducimos una nota de Ernesto Palacio publicada en el órgano  nacionalista "Nuevo Orden" del 9 de julio de 1941:


Nuestro movimiento es un movimiento político, no una escuela filosófica. 
 No nos interesa, por consiguiente, de una manera vital, determinar la verdad de tales o cualesprincipios de carácter abstracto e imponerlos por la persuasión, sino que, como políticos, perseguimos ciertos resultados concretos.

 Nuestro movimiento está animado, naturalmente, por una doctrina, conocida y aceptada por todos en mayor o menor grado,explícita o implícitamente; y esta doctrina, al proclamar como principio supremo el biende la Nación, significa la negación del liberalismo. 
 Pero nuestra finalidad específica, encuanto somos un movimiento político, no consiste en derrotar por la discusión académica a la doctrina liberal, sino en realizar el Estado nacional. Ésta no es función para filósofos, sino para hombres de acción. 

 Estas reflexiones tienden a señalar un error muy corriente en nuestras filas y queconsiste en hacer del nacionalismo una cuestión de definición ideológica, no de objetivos concretos, confundiendo de modo lamentable el plano del pensamiento y el plano de la acción. 

 Convencidos de la bondad de sus principios, un tropel de propagandistas de todas las categorías ––desde el pensador responsable hasta el macaneador en estado puro–– llenan columnas de periódico o se encaraman en las tribunas para proclamar quela culpa de lo que nos pasa la tienen los sofismas del siglo XIX; que debemos abjurarinmediatamente de los errores de la Revolución francesa: que el sufragio universal es absurdo porque se funda en esencia, en la bondad natural del hombre, que es un ser imperfecto y pecador; que la salvación consiste en un “gobierno fuerte” y un “estado corporativo”, etc., etc.
 Aunque todo esto se adobe con reflexiones atinadas sobre nuestraopresión económica y los medios de libertarnos de ella, es natural que el lector o el oyente, obligados a pronunciarse sobre cuestiones tan complejas y discutibles, se abstengan prudentemente, cuando no se indignen, y queden perdidos para el movimiento. Lo más frecuente es que se indignen. 

Como toda doctrina nueva y en trance de elaboración, esa corriente de pensamiento antiliberal se presta a las conclusiones sorprendentes, a la exageración, a la paradoja irritante, paraíso de los macaneadores. Es cosa de adquirir la maquinita y hacerla funcionar. Resulta fácil y muy divertido cuando seaplica, por ejemplo, a la historia. 
Como la nuestra se ha falsificado por el criterio liberal, hay quienes creen que todo se arregla con volverla al revés, exaltando lo que se difama y difamando lo que se exalta, con lo cual la legítima reivindicación de Rosas seve acompañada de la reivindicación grotesca del capitán Duarte o del obispo Lué. Moreno, por liberal, resulta así una especie de traidor, mientras que se alzan panegíricos al alcalde Álzaga, contrarrevolucionario justamente ejecutado. 
 Sería cosa de nunca acabar hacer un censo detallado de estas originalidades, que ofenden sentimientos respetables y que, dichas en nombre del nacionalismo, arrojan desprestigio sobre el movimiento y dan argumentos a la crítica adversaria. 
 ¿Y qué decir de las actitudes políticas que alimenta esa ideología? ¿No vemos que la justificación de algunas dictaduras europeas estimula a algunos falangistas apresurados a pedir nada menos que la dictaduradel doctor Castillo?… 
El espíritu de sistema, la cartillita doctrinaria aplicada sin ton nison, llevan a peores aberraciones.A nuestro pueblo no lo preocupa acabar con el liberalismo (no digo con la democracia, porque ésta se acabó en 1930), sino con la oligarquía. El liberalismo es un errordoctrinario; la oligarquía al servicio de la finanza extranjera es el mal real. Extirpar esta lacra, restituyendo al pueblo argentino su soberanía usurpada, he aquí una finalidad política, sobre la cual puedo entenderme con cada uno de mis compatriotas, sin necesidad de hacer la crítica de los principios de la Revolución francesa: he aquí la finalidad política del nacionalismo, que deberá realizarse por los medios que la experiencia aconseja y que son los medios de la presente revolución mundial contra la plutocracia. 
 Quien aspire a libertar a la patria del yugo de la finanza extranjera y sus agentes pa-ra instaurar un gobierno que responda exclusivamente al interés argentino y procure lagrandeza argentina, es ya uno de los nuestros, aunque crea (cosa posible dentro de la confusión intelectual reinante, fomentada por el opresor) que eso es ser liberal, por ejemplo. 
No vamos a desechar a un buen militante por cuestión, en definitiva, de palabras. Basta la recta intención, el fervor patriótico y el acuerdo sobre los hechos fundamentales; puede prescindirse de la perfección de la doctrina. 
 Quien, por otra parte, sea antiliberal convencido, abomine de los principios de la Revolución francesa, adopte todoslos tópicos de la restauración católica y la Hispanidad, odie a la civilización anglosajona, parlamentaria y protestante, y admire el fascismo, podrá coincidir en todo esto con muchos nacionalistas sinceros. 
Pero si carece del sentido de la liberación nacional y la firme voluntad de lograrla, no será él mismo un nacionalista. 
 Es el caso de los MatíasSánchez Sorondo, los Juan P. Ramos y los Manuel Fresco, que concilian perfectamente una “ideología” nacionalista con una actuación crudamente oligárquica, al servicio de intereses antinacionales. Lo que demuestra acabadamente que el nacionalismo no es cuestión de doctrina, sino de voluntad orientada en el sentido de la liberación nacionaly que por esta voluntad se define.

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