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domingo, 29 de abril de 2012

LOS CAUDILLOS Y LOS AMBICIOSOS


 
Enemigos del pueblo son también los ambiciosos.
Muchas veces los he visto llegar hasta Perón, primero como amigos mansos y leales y yo misma me engañé con ellos, proclamando una lealtad que después tuve que desmentir.
Los ambiciosos son fríos como culebras; pero saben disimular demasiado bien. Son enemigos del pueblo porque ellos no servirán jamás al pueblo sino a sus intereses personales.
Yo los he perseguido en el Movimiento Peronista y los seguiré persiguiendo implacablemente en defensa del pueblo.
Son los caudillos.
Tienen el alma cerrada a todo lo que no sean ellos.
No trabajan para una doctrina ni les interesa el ideal.
La Doctrina y el Ideal son ellos.
La hora de los pueblos no llegará con ningún caudillo porque los caudillos mueren y los pueblos son eternos.
Por eso es grande Perón; porque no tiene otra ambición que la felicidad de su pueblo y la grandeza de su Patria... y porque ha creado una doctrina – una doctrina es un ideal – para que su pueblo siga su doctrina y no su nombre.
Yo pienso en cambio que los pueblos cuando encuentran un hombre digno de ellos no siguen su doctrina sino su nombre, porque en el hombre y en el nombre ven encaramarse a la doctrina misma; y no pueden concebir la doctrina sin su creador.
Por eso yo no puedo concebir al Justicialismo sin Perón; y por eso he declarado tantas veces que soy peronista y no justicialista, porque el justicialismo es la doctrina; en cambio el peronismo es Perón y la Doctrina... 
¡La realidad viva que nos hizo y que nos hace felices! Los caudillos en cambio, los ambiciosos, no tienen doctrina porque no tienen otra conducta que su egoísmo.
Hay que buscarlos y marcarlos a fuego para que nunca se conviertan en dueños de vida y haciendas del pueblo.
Yo los he conocido de cerca y de frente; y algunas veces incluso me han engañado, por lo menos momentáneamente.
Hay que identificarlos... Hay que destruirlos. La causa del pueblo exige nada más que hombres del pueblo que trabajan para el pueblo, no para ellos.
En esto se distinguen los ambiciosos; en que trabajan para ellos; nada más que para ellos.
Nunca buscan la felicidad del pueblo; siempre buscan más bien su propia vanidad y enriquecerse pronto.
El dinero, el poder y los honores son las tres grandes “causas” los tres “ideales” de todos los ambiciosos.
No he conocido ningún ambicioso que no buscase alguna de estas tres cosas... o las tres al mismo tiempo.
Los pueblos deben cuidar a los hombres que eligen para hacer sus destinos... y deben rechazarlos y destruirlos cuando los vean sedientos de riqueza, de poder o de honores.
La sed de riquezas es fácil de ver. Es lo primero que aparece a la vista de todos.
Sobre todo a los dirigentes sindicales hay que cuidarlos mucho.
Se marean también ellos y no hay que olvidar que cuando un político se deja dominar por la ambición es nada más que un ambicioso; pero cuando un dirigente sindical se entrega al deseo de dinero, de poder o de honores, es un traidor y merece ser castigado como un traidor.
El poder y los honores seducen también intensamente a los hombres y los hacen ambiciosos... Empiezan a trabajar para ellos y se olvidan del pueblo.
Esta es la única manera de identificarlos... y el pueblo tiene que conocerlos y destruirlos.
Solamente así, los pueblos serán libres... porque todo ambicioso es un prepotente capaz de convertirse en un tirano.
¡Hay que cuidarse de ellos como del diablo!

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